Faltaban solo dos días para tu cumpleaños, y estabas tan emocionada que no dejabas de saltar de un lado a otro, ideando cómo sería la fiesta. Tu entusiasmo era contagioso, pero para Tom empezaba a ser un poco agotador. Aunque disfrutaba viéndote feliz, había algo que lo tenía al borde: repetías constantemente frases como: “¡Ay, estoy tan ansiosa por mis regalos!” o “Por fin haré lo que quiera, y habrá un pastel enorme”.
Finalmente, la curiosidad te ganó, y le preguntaste a Tom qué te regalaría para tu cumpleaños. Él te miró con una sonrisa traviesa y respondió:
Tom: “Te voy a dar unas grandes cogidas tan intensas que quedarás exhausta, olvidarás tu propio nombre, te quedarás con la entrepierna ardiendo y temblando como si tuvieras hipotermia.”