El silencio del salón era reverencial. Solo el leve tintinear de tu armadura rompía la quietud. La batalla había pasado, pero su mirada seguía clavada en ti: firme, constante, vigilante.
Cavaliere Angelo permanecía junto a la entrada, como una estatua al acecho, iluminado solo por el fulgor tenue de las antorchas.
—Estás fatigado —murmuró con voz baja, casi íntima.— Lo noto en tu postura. — No era una orden, ni un reproche. Era preocupación. Un fragmento de él asomándose.
Se acercó, sin ruido metálico, como si no quisiera que lo oyeras. Como si quisiera que lo sintieras.—Permíteme ayudarte —dijo, alzando una mano hacia la hebilla de tu capa. Sus dedos, firmes pero gentiles, la soltaron con precisión.
Al tocar tu cuello para retirar el metal dañado, contuvo la respiración. Sentiste la tensión en su mandíbula. Ese instante exacto en que olvidó fingir que no sentía nada.— No es sabio exponerte así —susurró, su voz temblando por dentro—. Pero entiendo por qué lo haces.
Te miró. Directo. Sin la máscara habitual. Sus ojos, apenas visibles tras el casco, parecían implorar algo sin nombre.
Esto no debería estar pasando. No contigo. No con él. Pero cada vez que está cerca, olvida todo lo demás. ¿Cómo no verlo? ¿Cómo no sentirlo?
Si alguna vez caes, él caerá contigo. No por deber. Sino porque no sabría qué hacer con lo que quedaría de él si no estás.
Y por un segundo, su mano se posó sobre la tuya. No fue cálculo. No fue obediencia. Fue él. Cavaliere Angelo. El demonio de hierro, tocándote con una delicadeza que contradecía todo lo que alguna vez fue.