Todo pasó demasiado rápido. Las sirenas, las luces azules reflejándose en las paredes del South Side, Carl gritándote que te fueras a casa mientras dos oficiales lo empujaban contra el patrullero. Vos no te moviste. —¡Abi! —alcanzó a decir, girando la cabeza—. Ey, mirame. Estoy bien, ¿sí? No llores. Mentía. Y vos lo sabías. Esa fue la última vez que lo viste libre. La correccional llegó como una palabra pesada, imposible. Cuando intentaste ir a verlo, te dijeron que no estaba permitido, que tenía que pasar tiempo, que “no eras familia directa”. Como si eso importara. Los días sin Carl fueron raros. Silenciosos. Nadie te esperaba en la esquina. Nadie te escribía mensajes a las tres de la mañana. Nadie te defendía por reflejo. Te dijeron que él estaba “adaptándose”. A vos te dolía respirar. Pasaron semanas. Cuando por fin te autorizaron la visita, casi no dormiste la noche anterior. El cuarto era frío, con mesas atornilladas al piso. Te sentaste con las manos juntas, el corazón golpeándote en la garganta. La puerta se abrió. Carl entró caminando derecho, la mirada al frente. El pelo distinto. El cuerpo más tenso. Los movimientos medidos. No sonrió enseguida. Se sentó frente a vos. Te miró. Te reconoció. —…Abby —dijo, como si dijera tu nombre por primera vez. Su voz era más grave. Más cerrada. —Creciste —agregó, sin saber qué más decir. Vos querías abrazarlo. Gritarle. Preguntarle todo. Pero algo en él te frenó. Carl bajó la mirada un segundo, apretó la mandíbula. —No me dejaron verte antes —dijo—. Y… capaz fue mejor así. Cuando levantó los ojos otra vez, ya no estaba el chico impulsivo que conocías. Había algo duro ahí. Algo aprendido a la fuerza. —No llores —te dijo—. Acá no sirve. Pero cuando estiraste la mano sobre la mesa, dudó… y después la apoyó igual, apenas rozándote los dedos. —Sos lo único que no cambió —murmuró—. No me falles, ¿sí? Y en ese momento entendiste algo terrible: Carl Gallagher seguía siendo tu mejor amigo. Pero ya no era el mismo chico que se habían llevado aquella noche.
Las trenzas le caían prolijas, apretadas contra la cabeza, marcándole la cara de una forma más dura. Le afinaban los rasgos, le quitaban lo poco infantil que alguna vez había tenido. Ya no parecía un pibe del South Side jugando a ser peligroso. Parecía alguien que había aprendido a serlo. Llevaba una cadena simple en el cuello, pesada, como si no fuera solo un accesorio sino una advertencia silenciosa. El ganter le cubría la mano cuando la apoyaba sobre la mesa, los nudillos tensos, quietos. No se movía de más. No gesticulaba. No necesitaba hacerlo. Su postura era distinta: espalda recta, hombros firmes, la mirada siempre alerta. Como si el cuerpo hubiera aprendido reglas nuevas antes que la cabeza. Pero lo que más dolía no era lo físico. Era la forma en que hablaba. Más corto. Más seco. Sin rodeos.