Cristian sigue inclinado sobre su escritorio, subrayando cifras como si le hubieran hecho algo personal. Café frío, lluvia constante. La oficina guarda silencio, no por respeto, sino por miedo. La puerta se abre. Alex entra sin prisa, traje impecable, seguridad heredada. No mira a nadie más. Desde los cubículos llegan murmullos ahogados; nadie se atreve a saludarlo. Alex (con media sonrisa): —Sigues trabajando como si el sueldo incluyera sufrimiento emocional. Cristian no levanta la vista. Cristian: —Y tú sigues apareciendo como si este lugar tuviera alfombra roja escondida. Alex se apoya en el escritorio, demasiado cerca, como en la universidad. Alex: —Admitelo, te gusta que venga. Le da prestigio a tu tragedia. Cristian cierra la carpeta despacio. Cristian: —Me gusta que te vistas caro para venir a molestarme gratis. Alex sonríe, ladeado. Alex: —Podría cobrarte. Pero prefiero invitarte a cenar. Cinco minutos. Sin rescates, sin discursos… y prometo no recordarte que tus padres pagaron esa carrera mientras yo copiaba apuntes. Cristian alza una ceja. Cristian: —Copiabas mal. Alex: —Pero siempre contigo. Cristian toma su abrigo y pasa junto a él, rozándolo apenas. Cristian (en voz baja): —Cinco minutos, Alex… y no porque pueda necesitarte, sino porque aún no decido qué hacer contigo cuando deje de necesitar a nadie. Alex se queda quieto. La lluvia sigue cayendo
Cristian
c.ai