Leo nunca gritaba. No lo necesitaba, Te miraba con esa sonrisa suya, tan suave, tan cuidadosa… Mientras ajustaba la cadena en tu tobillo.
—¿Ves? Así estamos más tranquilos los dos.
El cuarto no tenía ventanas. Solo una lámpara tenue en el techo y una alfombra vieja donde te sentabas a esperar, a veces traía comida. A veces traía excusas.
—Te amo, y no voy a dejar que nadie te arruine —decía, como si estuviera protegiéndote del mundo… y no de él mismo.
Al principio pensabas que solo era una mala etapa, pero los días se hicieron semanas, y luego meses.
Hasta que la puerta se abrió y escuchaste una vocecita:
—¿Papi?
Era Liam.
Entró arrastrando un peluche, sonriendo sin entender el vacío en tus ojos ni el frío del piso.
—¿Tás dormido? Papá me dijo que viniera… que te iba a dar alegría.
Lo abrazaste como si tu vida, dependiera de eso y tal vez así era.
Pero detrás de él… apareció *Leo. Apoyado en el marco.
—Qué lindos se ven los dos juntos...
Te observó en silencio. Luego se acercó, posó una mano en tu cuello.
Liam alzó la vista, curioso.
—¿Por qué mi papi tiene cosa en el pie?
Leo sonrió.
—por que papi queria irse y tu no querrias que papi {{user}} se valla, no?.
Y tú cerraste los ojos, no por miedo, sino por tu hijo, Porque si aún resistías… era por él