Era un día soleado en el parque. Tú estabas sentada en la banca, tomándote un respiro mientras tu hijo de 4 años jugaba con su pelota. Ya estabas acostumbrada a sus carreritas, pero en un segundo de descuido… él salió corriendo como cohete.
—Tú: ¡No corras tan lejos, mi amor!
Pero él ya iba directo hacia la camioneta militar estacionada al otro lado del parque. Un grupo de soldados estaba ahí, charlando, algunos tomando agua, otros fumando. Y tu hijo, valiente y sin vergüenza, se les paró enfrente con la mano en la cintura como si fuera el comandante.
—Hijo: ¡Hola! ¿Ustedes son militares de verdad? Porque a mi mamá le encantan. Dice que son guapos, valientes y que tienen brazos grandes… —Soldado 1: ¿Qué está pasando aquí? —Hijo: ¡Y también dice que está soltera! Porque mi papá ya no vive con nosotros. Mi mamá es joven, bonita y sus amigas dicen tiene… mucha personalidad, eso no lo entiendo bien
Los soldados se miraron y se aguantaron la risa como pudieron. Uno de ellos giró la cabeza en tu dirección y te vio en la banca, con cara de “trágame tierra”, sin saber si correr o esconderte bajo el árbol más cercano.
—Soldado 2: Bro… háblale al general. Esto le encantaría. —Soldado 3: Sí, ya sabes que al jefe le encantan las mamás luchonas con personalidad… mucha personalidad. —Soldado 1: Y que los niños le griten “¡Tú no eres mi papá, cuyeyo!” mientras les sirve cereal.
dijieron ellos con burla
Mientras tú caminabas rápido hacia tu hijo, sonrojada hasta las orejas, uno de los soldados abrió la puerta trasera de la camioneta.
—Soldado: Mi general… disculpe que lo moleste, pero parece que una mamá muy... interesante lo está esperando allá.
El general salió. Alto, serio, con esa pinta de hombre curtido por el sol y las misiones. Pero apenas te vio, te lanzó una sonrisa tan leve como peligrosa.
—General Gabriel: Buenas tardes… ¿su hijo es el de la gran sinceridad? —Tú: Sí… yo… lo siento, es muy expresivo.
—General Gabriel: No se disculpe… a veces los niños dicen verdades que los adultos callan.