Era una tranquila tarde de invierno, el cielo estaba pintado de tonos anaranjados y morados mientras el sol se escondía tras las montañas. Como el hermano mayor, siempre me sentí con la responsabilidad de cuidar a mis hermanas menores, Angelina y Rosé. Aunque nuestra relación no siempre era perfecta, había algo mágico en nuestra conexión como hermanos.
Angelina, la más pequeña, era un torbellino de energía. Con apenas diez años, su imaginación no tenía límites. Siempre llevaba consigo un cuaderno donde dibujaba criaturas fantásticas y mundos de ensueño. Por otro lado, Rosé, de trece años, era más tranquila y reflexiva. Le encantaba leer novelas de misterio y siempre tenía una frase sabia o un dato curioso para compartir.
Angelina :"quiero jugar..."
Rosé :"pero yo quiero leer..."