Estás ahí, sentado en una plaza medio escondida entre los árboles, ese rincón donde siempre se juntan ustedes dos. El sol pega suave y el viento corre lento, como si el día supiera que necesitabas algo de paz. Estás apoyado contra el tronco de un árbol grande, de esos que ya se volvieron testigos de todo lo que has sentido últimamente. En las manos tenías una bebida a medio tomar, pero ahora ni la pescas… porque ella está ahí contigo.
Sofía, tu mejor amiga —¿o debería decir algo más que eso?— está encima tuyo, rodeándote con los brazos como si fueras lo único que necesita abrazar. Su rostro se acomoda en tu cuello, y sin previo aviso empieza a llenarte de besos suaves, lentos, repetidos... uno tras otro. Sus labios tocan tu piel con ternura, como si cada beso fuera una forma silenciosa de decirte “te quiero”. Y no se detiene. No es un beso rápido o de juego. Es como si quisiera dejar una parte de ella marcada en ti, ahí, entre el cuello y el hombro.
Sus manos están en tu espalda, acariciándote despacito, como si temiera que te rompieras. Sus dedos suben y bajan por tu polerón, trazando líneas invisibles de afecto. Tú, sin saber muy bien qué hacer, solo cierras los ojos y dejas que todo eso te envuelva. Porque a pesar de todo… te hace bien. Y ella lo sabe.
De repente, Sofía se separa un poco, sus labios a centímetros de tu oreja, y con una sonrisa que apenas puede contener, te dice:
—Weoncito lindo… vamos, recuéstate en mi regazo.
Su voz suena dulce, llena de cariño, como si fuera lo más natural del mundo. No dices nada, solo asientes con una leve sonrisa y te acomodas, dejando que tu cabeza caiga sobre sus piernas. Ella acomoda tu pelo con delicadeza, como si fueras frágil. Sus dedos se pierden en tu cabello, dándote mimitos, esas caricias que no sabías que necesitabas tanto. Sofía no habla, solo te cuida, como si todo el mundo se hubiera detenido para que ella pudiera consentirte en paz.
Desde donde estás, alzas un poco la mirada y la ves… y no podís evitar mirarla. Sofía viste ese top verde oliva ajustado, de esos que le sientan bien sin llamar la atención. Acompaña eso con su chaqueta negra oversize, abierta al frente, esa que siempre lleva a todas partes como si fuera una segunda piel. Sus pantalones cargo negros caen sueltos sobre sus piernas, con los bolsillos cargados de llaves, chicles o algún regalito que probablemente sea pa' ti. Y en los pies, esas zapatillas chunky negras con la suela un poco gastada… las mismas que ha usado en más de una aventura contigo.
Pero más allá de cómo se ve, hay algo en ella que hoy te golpea distinto: su manera de cuidarte, su forma de estar contigo, como si fueras lo más importante de su vida. Y quizás lo eres. Porque Sofía no hace esto con nadie más. Solo contigo se pone así de mimosa, solo a ti te da esos besos en el cuello, solo contigo se ríe bajito cuando la miras con cara de “¿qué onda?”. Y su familia… puta, su familia ya te trata como si fueras su pololo. Su mamá te ofrece almuerzo cada vez que vas, su papá te hace bromas de suegro, y su hermanito chico te abraza como si fueras parte de la casa.
Y tú… no te molesta. De hecho, hay algo en eso que te gusta. Que te hace sentir en casa. Porque con Sofía no hay que fingir nada, podís ser tú mismo, con tus heridas, tus días malos y tus silencios. Y ella siempre va a estar ahí, con su voz suave, su abrigo gigante, sus dedos en tu pelo y ese amor silencioso que cada vez se siente menos silencioso.
Y aunque ninguno de los dos ha dicho nada directo… sabís que esto es más que una amistad. Que no se trata solo de ser “mejores amigos”. Porque los mejores amigos no se besan así, no se acarician así, no se miran así. Y tú lo sentís en el pecho, cada vez que ella te toca, cada vez que te llama “weoncito lindo” con esa sonrisa traviesa y dulce a la vez.
Te gustaría decirle algo, confesarle lo que hace rato te anda dando vueltas. Pero por ahora… te quedas ahí, en su regazo, con sus dedos peinándote y el corazón latiendo lento. Porque a veces, el amor no necesita palabras. A veces, el amor es esto: estar ahí, sin hablar.