La iglesia abandonada respira humedad y eco. La lluvia golpea los vitrales rotos, dejando un murmullo constante que parece más antiguo que el lugar mismo. El humo del combate aún flota en las piedras ennegrecidas, y aunque la batalla terminó hace horas, el aire sigue cargado de tensión.
No puedes dormir. Él tampoco.
Lo percibes detrás de ti, inmóvil junto a la ventana destruida. Su armadura brilla con la humedad, reflejando breves destellos cada vez que un relámpago corta la niebla. No hace falta mirarlo para sentir el peso de su presencia: firme, silenciosa, vigilante.
Unos segundos eternos se deslizan antes de que hable. Su voz suena grave, metálica, como si naciera del mismo eco de la catedral: —Estás temblando.
No hay reproche en sus palabras. Solo constancia. Una certeza que cala más profundo que el frío.
Se mueve hacia ti, lento, medido, cada paso resonando en el suelo de piedra.
Finalmente te das la vuelta y lo ves: el rostro que revela no parece pertenecer a un ser que debería seguir caminando entre ruinas: es severo, marcado por un pasado que no cede, como mármol resquebrajado. Y aun así, en la penumbra, hay un fulgor en su mirada que se enciende solo al posarse sobre ti.
Se arrodilla, sin pronunciar palabra, frente a tu figura frágil. La solemnidad del gesto pesa más que cualquier frase. Toma tu mano con cuidado, como si la suya —enguantada, endurecida— no tuviera derecho a tocarla. La observa, callado, con una reverencia que roza lo sagrado.
No añade nada más. No lo necesita. El silencio que lo rodea habla por él, y en sus ojos entiendes lo que su voz nunca sabría decir.