Tu llegada al campamento no fue anunciada con grandes palabras ni promesas vacías. Fuiste tú, a solas, montando un caballo cansado y portando una mirada igual de antigua que los caminos que llevabas recorridos. Arthur fue quien salió a recibirte. Bastó un instante. Te vio desmontar, te observó desde la sombra de su sombrero, y sin entender por qué, algo en su pecho se tensó como si le hubieran recordado que aún podía sentir.
Arthur no dice nada al principio. Cruza los brazos sobre el pecho y te contempla en silencio. No con desconfianza, sino con una atención particular, como si se esforzara por entenderte sin necesidad de hablar.
—Eres de los que han visto demasiado… —murmura finalmente, con esa voz grave que arrastra polvo y heridas—. Se te nota en la forma de mirar.