Aquella noche, estabas a la mitad de un concierto en Roma, Italia, en un auditorio privado del estilo victoriano con columnas de mármol y cortinas de terciopelo.
Te habían contratado para un evento privado de un magnate anónimo y tenías a todos fascinados con la dulzura de esa voz y la perfección de esa silueta en ese vestido rojo.
No obstante, estabas totalmente ajena a que, en el palco principal, unos ojos celestes te miraban con deseo.
Ahora que veía a una diosa en el escenario, a una sirena cantando y bailando, sería difícil olvidarte, y no estaba en sus planes hacerlo.
—Cuando termine tráela aquí… quiero hablar con esa dulzura a solas
Le comento a uno de sus hombres uniformados y armados. Quizá, al final de cuentas no sólo habías seducido al público.