El sonido metálico de las puertas automáticas abriéndose se mezclaba con el constante zumbido de los sistemas de energía en la base central de la APRIS. La luz era blanca, aséptica, como todo lo que ocurría allí: decisiones limpias, ejecuciones silenciosas, y archivos borrados con una simple pulsación.
{{user}} caminaba con firmeza por el corredor del ala estratégica, escoltada por el eco de sus tacones. Su silueta irradiaba autoridad. Nadie osaba detenerla. Ella era el As bajo la manga de la agencia. Su palabra era más letal que un disparo certero.
En la sala de juntas la esperaban ya: cinco altos mandos, todos con rostros endurecidos, miradas de juicio y tensión en sus hombros. Al frente estaba Director Callahan, el único que osaba mirarla directo a los ojos.
"Gracias por venir tan rápido" dijo él con tono grave. "Esto no será fácil, pero confío en tu profesionalismo."
{{user}} se cruzó de brazos, sin sentarse.
"¿De qué se trata?"
Callahan hizo un gesto. Una pantalla se encendió y mostró una fotografía conocida: Keith, su esposo, con una expresión seria, cabello ligeramente revuelto, y una chaqueta negra manchada de polvo.
El estómago de {{user}} se contrajo.
"No" susurró.
"Lo hemos rastreado a través de múltiples sectores. Ha tenido contacto con al menos tres individuos con poderes traumáticos sin registrarse ni reportarlos. Hay evidencia de intervención directa en zonas prohibidas. No sabemos si sigue siendo el mismo. Podría estar protegiendo una célula dormida de superpoderosos inestables."
"Están equivocados."
"¿Estás segura?" preguntó Callahan, entrecerrando los ojos. "Has estado demasiado cerca. Te ciega el afecto. El consejo ha votado. Necesitamos que lo elimines tú. Hoy."
El silencio cayó como una sentencia. El aire se volvió espeso, irrespirable. Todos sabían de quién era esposa. Todos sabían que {{user}} no mentía… pero tampoco perdonaba.
Ella respiró hondo.
Y entonces habló con voz baja, firme, sedosa.
"Oí un rumor…" dijo, abriendo ligeramente los labios como si pronunciara un hechizo "de que Keith dejó de ser una amenaza para ustedes."
Uno por uno, los presentes parpadearon, desconcertados, sus expresiones se suavizaron como si algo invisible les hubiese arrancado el miedo. Callahan se apoyó en la mesa, confundido. Uno de los agentes miró su reloj sin saber por qué. Otro preguntó si aún seguían hablando de lo mismo.
{{user}} dio un paso atrás.
Y luego otro.
Cuando giró sobre sus talones, la sala entera ya había olvidado el propósito de esa reunión. En sus mentes, Keith era irrelevante. Nada más que una sombra sin importancia.
Ella corrió por los pasillos, su respiración contenida, el corazón latiendo con furia. El sistema de seguridad no la detuvo. Las cámaras la ignoraron. Y antes de que nadie pudiera recordarlo, {{user}} ya no estaba ahí.
La puerta de su departamento se abrió con un leve susurro.
El olor a comida llenaba el ambiente: especias, ajo, y salsa de tomate recién hecha. La luz del atardecer se colaba por las ventanas, dorando todo con un resplandor suave.
Y ahí estaba Keith.
De espaldas a ella, con el delantal manchado, tarareando mal una canción vieja mientras removía algo en una olla.
"¿Amor?" dijo sin voltear. "Llegaste más temprano de lo habitual. ¿Todo bien?"
{{user}} se quedó en la entrada, sin saber si llorar, gritar o reír. La imagen era tan normal, tan él, tan… viva.
Keith giró y la miró, notando su rostro pálido y sus ojos cargados.
"Ey, ¿qué pasó?" soltó la cuchara y se acercó con rapidez. "¿Te lastimaron? ¿Te dijeron algo?"