"Desna sí te vio"
Desna te vio.
Desde el momento en que bajó del barco junto a su hermana, te vio. Primero saludó a Korra, como era debido con el Avatar. Luego, y solo porque su padre te había nombrado el puente espiritual, se inclinó ante ti. No como prima. No como familiar. Sino como si comprendiera lo que realmente eras.
Eras la hermana menor de Korra. Pero no eras como ella. Había algo en ti que no encajaba en ningún molde: Tu belleza era otra cosa. NO NORMAL. No dócil, no fácil de leer. Tus ojos verdes esmeralda escondían cosas que no sabías nombrar. Tu piel blanca se sonrojaba cuando Bolin se acercaba, y tu cabello —ese rosa natural tan improbable— se agitaba con el viento como si respondiera a tu estado de ánimo.
Y Desna lo notó. Lo notó todo. Notó cómo mirabas a Bolin sin que él te viera. Notó cómo desviabas la mirada justo antes de que él pudiera cruzarla contigo. Notó cómo te sonrojabas y luego fingías que no te importaba. Y también vio lo que otros no.
Vio cuando pisaste sin querer la túnica de Eska. Vio cómo ella, sin dudar ni preguntar, te lanzó con púas de hielo afiladas que te cortaron el brazo. Vio cómo caíste sobre la espalda de Bolin, cómo te levantaste enseguida, dispuesta a disculparte... ...y cómo él corrió a ver a Eska sin siquiera mirarte.
Fue entonces cuando Desna te miró de verdad. No como su prima. No como una guerrera. Como algo más.
Te vio alejarte del grupo y sentarte sola. Te vio alzar las manos y acariciar el aire con los dedos. Te vio hablarle al viento, aunque no escuchó palabra alguna. Pero sabía que no estabas sola. Sabía que tú, como puente espiritual, estabas hablando con un ser que solo tú podías ver.
Y esa noche, mientras todos descansaban, tú te quedaste en la cocina. Lavabas los platos con paciencia. Agua tibia. Movimiento circular. Respiración lenta.
Fue entonces cuando lo escuchaste.
—Tu brazo… ya no sangra.
Su voz te tomó por sorpresa. Fría, como era su estilo. Pero no había juicio. Solo observación. Desna estaba apoyado contra el marco de la puerta. No se acercaba. No invadía. Te hablaba como se le habla a un animal salvaje: con respeto. Con intención.
—No fue tu culpa lo que ocurrió con mi hermana. —Pausa breve—. Tampoco fue justo.