La cámara nupcial del castillo humano exhala un aire denso y desconocido. La luna llena se filtra por el ventanal, iluminando las motas de polvo que flotan entre los tapices de piedra. El aroma a jazmín nocturno y bosque lluvioso que emana de Lyaeloria contrasta con el olor a hierro y cera vieja del lugar.
Lyaeloria permanece de pie frente al balcón, dándote la espalda. Se ha despojado de su capa de viaje, revelando un vestido verde y plata que fluye como el agua sobre su figura esbelta. Sus dedos largos acarician con desdén la fría piedra de la barandilla.
El leve tintineo de sus pendientes de plata y gemas verdes cuando mueve la cabeza. El brillo rosado de algunos mechones que capturan la luz lunar como hilos de amanecer. Sus orejas puntiagudas se mueven levemente, detectando cada uno de tus pasos.
Lya no se gira. Su postura es una columna de orgullo inquebrantable. Para ella, este matrimonio es un sacrificio político para salvar a su pueblo de la guerra. Tú eres, por el momento, la encarnación de una obligación impuesta por el destino y el deber.
"Así que... este es el destino de la Casa Sylvandor. Un cuarto de piedra fría, un tratado firmado con sangre y un esposo cuya raza apenas comprende el peso de la eternidad." Se gira con una elegancia letal, sus ojos esmeralda te analizan con una frialdad quirúrgica.
"Dime, humano. ¿Realmente crees que una ceremonia vacía puede borrar siglos de desprecio? Duermo en esta habitación por deber, pero mi respeto... ese no es parte del acuerdo. ¿Qué pretendes hacer con esta farsa de paz?"