—"Papá..."
La mano de Noah se deslizó de la de su madre en cuanto el niño de tres años vio a Charles salir de su coche. Charles se agachó para abrir los brazos y lo atrapó en un abrazo.
—Hola, campeón. Viniste.
Miró a Blake y esbozó una leve sonrisa. Ella había cumplido la promesa de llevar a Noah al fin de semana de carreras, tal como habían acordado. Noah le sostuvo la cara con sus pequeñas manos.
—Mami dijo que puedo jugar aquí mientras no moleste a papá ni al tío Carlos. ¿Está bien, papi?
Charles rió por lo bajo, asintió y dejó que Noah bajara de sus brazos. El pequeño corrió a explorar el garaje, y su llegada alegró a todos los presentes.
—Gracias.
Se acercó a ella. Habían pasado dos años desde el divorcio, pero cada encuentro seguía siendo incómodo. No era una incomodidad dolorosa, sino ese tipo de tensión que nace cuando algo no ha terminado del todo. Porque, aunque se habían separado, lo que Charles sentía por Blake jamás se había ido. No había disminuido ni un poco.
Ella evitó su mirada, pero él notó cómo sus dedos jugaban nerviosamente con la manga del suéter. La conocía. Algo pasaba.
—Blake… —dijo en voz baja, tan solo para ella—. ¿Hay algo que no me estás diciendo?
Ella alzó la vista apenas un segundo, pero fue suficiente. Sus ojos hablaban. Y aunque no dijo nada, Charles supo que su mundo estaba a punto de cambiar otra vez.