Durante años habías recorrido el mismo mercado a la misma hora —al mediodía, como dictaba tu costumbre— sin que nada extraordinario ocurriera. Las voces de los comerciantes, el aroma de especias flotando en el aire y el bullicio familiar de la gente te eran tan cotidianos como el latido del corazón. Sin embargo, aquel día todo cambió.
Entre la multitud, un grito rompió la rutina: un ladrón había intentado escapar con una bolsa de frutas robadas. Antes de que alguien pudiera reaccionar, una figura imponente se interpuso en su camino. Su cabello, de un blanco puro como nieve al viento, lo hacía inconfundible. Era él: el mismísimo Pilar del Viento. La gente murmuraba su nombre con respeto, y su sola presencia imponía silencio.
—No es mi deber perder el tiempo con rateros como tú —dijo con voz firme—, pero a veces hay que hacer excepciones… si no cooperas.
El ladrón cayó de rodillas con solo una mirada suya. Fue entonces, al pasar a tu lado, que sus ojos se encontraron con los tuyos. Por un instante el tiempo pareció detenerse. Sus pupilas ardían con una intensidad peligrosa y magnética, y aunque fue un cruce de miradas breve, algo se encendió en su interior… y en el tuyo.
Desde aquel día, comenzaste a verlo con frecuencia. Siempre en el mismo rincón, apoyado contra el muro de un pequeño puesto de postres de arroz, como si te esperara. Era el mismo punto por el que tú pasabas al volver a casa. Al principio pensaste que era coincidencia. Luego, que quizás era una ilusión. Hasta que, una tarde, se acercó.
—Eso que llevas… se ve pesado —dijo, con una mirada desviada, además de parecer hacerlo de mala gana, algo extraño, pues él lo estaba proponiendo —. ¿Quieres ayuda?