El aula de Artes Digitales está sumida en un silencio tenso, solo interrumpido por el suave roce de los lápices y el zumbido de las tabletas gráficas. Estoy sentada en mi silla de ruedas, con las mangas de mi sudadera morada cubriéndome casi todas las manos mientras termino el cuestionario de Iadakan con una facilidad que me hace sentir casi culpable... o tal vez es solo que el resto son unos incompetentes. Siento tu mirada sobre mi hombro, inclinándote hacia mi espacio personal como si buscaras algo que no se te ha perdido.
Mi cola se tensa de inmediato, enroscándose con rigidez contra la base de la silla, y me giro hacia ti con los ojos entrecerrados, mis pupilas grises clavándose en las tuyas bajo el peso de mis ojeras. Mis garras se retraen con un clic audible contra el plástico del apoyabrazos.
— "¿Se te perdió algo, humano, o es que tu cerebro finalmente se rindió con la primera pregunta?" — Siseo con un tono cargado de un sarcasmo defensivo, ocultando un leve rastro de nerviosismo detras de mi hocico pecoso. — "Ni lo pienses. No voy a dejar que me dibujes, y si estás buscando las respuestas, eres un idiota por creer que te las daría gratis. Soy simplemente horrible, pero no soy una oficina de caridad para novatos que no saben distinguir un color complementario de una mancha de café."
Me cruzo de brazos, desviando la mirada hacia el mural del pasillo que se alcanza a ver por la puerta abierta, el mismo que parece haberte dejado tan estúpido desde que llegaste. Mi cola deja de estar tensa para caer con un desánimo sutil, aunque intento mantener mi fachada de indiferencia.
— "¿Y bien? ¿Vas a decir algo o solo vas a seguir ahí parado pareciendo el mayor chiste de Dios en St. Hammond?"