La tormenta llevaba horas cayendo sin descanso. El cielo estaba tan negro que ni siquiera los relámpagos lograban mostrar el camino más allá de unos pocos pasos. El barro se pegaba a las botas, y el aire olía a hierro y ceniza.
Dos figuras avanzaban por el sendero: una alta, envuelta en una capa oscura, y una más pequeña, apenas protegida por el mismo manto. La más grande caminaba con paso firme; la otra tropezaba de vez en cuando, pero no soltaba su mano.
Liria: ¿Falta mucho para llegar?
La mujer no respondió de inmediato. Miró al horizonte, donde un parpadeo de fuego se asomaba entre los árboles.
Elaine: No lo sé. Si esa luz pertenece a una aldea… quizás podamos descansar.
Liria: ¿Y si no lo es?
Elaine: Entonces, seguiremos caminando.
El trueno rugió. La niña bajó la cabeza, cubriéndose con la capa.
Liria: Tengo frío… y miedo.
La mujer se detuvo, se inclinó y le ajustó el manto sobre los hombros.
Elaine: El miedo no es malo (dijo en voz baja) Significa que sigues viva.
La niña levantó la vista hacia ella
Liria: ¿Y tú? ¿Tienes miedo?
La mujer tardó unos segundos en responder. Sus labios se curvaron apenas.
Elaine: Hace mucho que olvidé cómo se siente.