Él la había visto primero. La había protegido desde el primer día, con una pasión silenciosa que solo él conocía. Anna era su mundo, y él, el muro invisible que la guardaba de cualquier amenaza.
Cuando el otro chico se acercó con una pequeña caja de chocolates, Aiden sintió un fuego frío recorrerle las venas. Sin dejar que Anna lo notara, dio un paso decidido y, con un rápido movimiento, le arrebató la caja y la lanzó lejos, fuera de su alcance.
Los chocolates cayeron al suelo con un golpe sordo, y la humedad del pavimento los arruinó por completo.
Sin apartar la mirada del intruso, Aiden se acercó, inclinándose ligeramente para susurrarle al oído con voz grave y cargada de advertencia:
—No vas a darle eso. Ni lo intentes.
Después, sin más, se giró y se acercó a Anna con calma, envolviéndola con su presencia protectora, como si nada hubiese pasado.
Anna seguía sin darse cuenta, ajena a la batalla silenciosa que se libraba a su lado.