Caminaba por el pasillo del hospital apoyándome con fuerza en el bastón, cojeando como siempre, mientras el eco de mis pasos se mezclaba con el olor a desinfectante. No tenía prisa, pero sí una molestia constante, física y mental. Me dirigía al consultorio de mi esposa; había atendido a una paciente adolescente y, para mi sorpresa, el caso no era solo clínico, sino también emocional y social.
La chica tenía relaciones y eso complicaba el tratamiento más de lo que cualquier análisis de sangre podía mostrar. Los adolescentes nunca dicen toda la verdad, y cuando se trata de sexo, mienten todavía mejor. Necesitaba respuestas, o al menos otra perspectiva sobre cómo manejar ese tipo de situaciones sin que el juicio moral nublara el diagnóstico.
Mientras avanzaba, pensaba en lo irónico que era: yo, que siempre creía tener la razón, ahora buscaba consejo. No porque me importara lo que la sociedad pensara, sino porque entender a los adolescentes era como diagnosticar una enfermedad rara: si no conoces el contexto, fallas. Y yo no estaba dispuesto a fallar, aunque eso implicara entrar al consultorio de mi esposa y admitir, aunque fuera en silencio, que necesitaba ayuda