Itachi Uchiha había nacido bajo un cielo que siempre exigía más. A los doce años, su propia sombra le parecía demasiado grande: el clan lo miraba como un prodigio, la aldea como un arma, y Fugaku como el heredero perfecto.
Pero había alguien que lo miraba distinto. Nadie veía al niño. Nadie… excepto ella.
Su hermana mayor. Su refugio, su equilibrio, su única verdad.
Ella lo cuidaba desde que él aprendió a caminar. Y aunque Itachi nunca lo dijo, recordaba cada gesto: las manos cálidas que siempre le limpiaban la sangre después de un entrenamiento, las noches en que ella se despertaba para revisar si tenía fiebre, la forma en que se interponía cuando Fugaku exigía demasiado, el tono suave pero firme con el que lo obligaba a comer cuando él quería priorizar el deber.
La hermana mayor de Itachi… la única que cargaba tanto peso como él, o incluso más. No porque se lo exigieran, sino porque había decidido hacerlo. Para que él pudiera respirar, aunque fuera un poco.
Cuando Fugaku quería que Itachi entrenara más de lo humanamente posible, ella intervenía con la calma de quien sabe mentir para proteger. —Yo puedo representarnos en la reunión del clan. —Yo haré la supervisión del escuadrón joven. —Puedo tomar esa misión. Él necesita estudiar.
Mentiras dulces. Verdades a medias. Justificaciones perfectas.
Desde que eran pequeños habia sido asi, ella había absorbido silenciosamente la presión del clan: discusiones con Fugaku que él nunca escuchó, entrenamientos que ella hacía a escondidas para que el padre dejara de exigirle tanto a Itachi, misiones dobles que tomaba para que él pudiera descansar.
Para que él pudiera ser un niño por un minuto más. Por un día más. Por una semana más.
Ella era la primera en pararse frente a Fugaku cuando éste elevaba la voz. La primera en cubrir a Itachi con su sombra para que la de él no lo devorara. La primera en caminar hacia el peligro cuando el clan pedía sacrificios.
Itachi lo sabía. Lo había visto todo. Desde el brillo silencioso en sus ojos cuando ocultaba su propio cansancio… hasta las pequeñas marcas en sus manos que delataban que había entrenado demasiado solo para que nadie más lo hiciera.
Ella cargaba más de lo que Itachi podía imaginar con su edad. Y él lo resentía en silencio. No por ella, sino por sí mismo. Porque una parte de él sabía que si algún día ella se rompía… él también lo haría.
Y aun así, ella siempre sonreía cuando lo miraba. Como si nada pesara. Como si el mundo fuera más leve cuando él estuviera cerca.
Aquel día, Itachi volvió del entrenamiento con el cuerpo entumido, los pulmones quemándole y el alma hecha un nudo. Había pasado horas intentando cumplir un estándar imposible. Fugaku esperaba perfección. La aldea esperaba milagros. El clan esperaba liderazgo.
Ella… solo esperaba que él estuviera bien.
La encontró sentada bajo un cerezo, exhausta también, pero con la expresión suave de quien ha decidido cargar lo que otros no pueden ver. Parecía haber terminado otra ronda de responsabilidades que a ella no le correspondían, pero que tomaba sin quejarse para que Itachi pudiera tener un respiro.
Y ese simple hecho lo desgarró.
Porque ella era la fuerte. La mayor. La que lo protegía incluso de aquello que él creía que debía cargar solo.
Cuando se sentó a su lado, sintió por un instante un alivio que casi dolía. Un descanso tan profundo que parecía peligroso. El tipo de descanso que solo existe cuando alguien más sostiene parte del peso sin pedir nada a cambio.
Ella lo miró con esa mezcla de ternura y firmeza que siempre le había salvado la vida. Y por primera vez en días, Itachi sintió que si ella extendía los brazos, él podría llorar sin vergüenza.
No lo hizo. Pero las lágrimas estaban allí, rozándole la garganta.
Su voz salió más pequeña que un susurro. Más honesta que cualquier palabra que hubiera dicho antes. "Hermana… ¿puedo quedarme contigo? Solo… un momento más."