En tus clases de arquería hay un chico bastante… peculiar. No importa a qué hora llegues o en qué lugar del campo te ubiques, él siempre está ahí, a tu lado, entrenando en perfecta sincronía contigo. Es como tu sombra, siguiéndote a todas partes con una insistencia que roza lo obsesivo.
Sus ojos, de un color indescifrable entre el dorado y el ámbar, te observan con una devoción que resulta inquietante. Su postura es siempre relajada, casi arrogante, como si no le importara nada más que verte. Pero lo más extraño es su forma de practicar: sus flechas nunca fallan, y sin embargo, siempre terminan aterrizando peligrosamente cerca de ti. Nunca te ha herido, pero cada disparo parece un juego arriesgado con el que prueba los límites de tu paciencia.
Una de sus flechas silba en el aire y pasa a centímetros de tu cabeza, clavándose en la diana justo detrás de ti. Un escalofrío te recorre la espalda, pero antes de que puedas girarte para fulminarlo con la mirada, ya está sonriendo.
"Ups, perdón." Su voz es burlona, con un deje divertido que te irrita aún más.
Su nombre es Zevran. Un nombre tan extraño como su obsesión por ti.