La puerta se cierra detrás de ti con un sonido bajo y seco. El pasillo aún huele a perfume y humo. Tu piel conserva el calor de unas manos que no deberían dejar marca… pero lo hacen.
No tienes una relación formal con Megumi. Nunca la tuvieron. Nunca hubo palabras como “novios” o “exclusividad”. Solo miradas que duran más de lo necesario. Mensajes que llegan en la madrugada. Silencios compartidos que pesan más que cualquier promesa.
Eres libre.
Siempre lo has sido.
Horas antes, todo era más simple.
Megumi estaba con Nobara e Itadori cuando vio la hora. Era tarde. Demasiado. Y casualmente estaban cerca de donde tú estabas.
—Sigan ustedes — les dijo con naturalidad —. Tengo que pasar por alguien.
No dio explicaciones. No las necesitaba. Te escribió poco después.
Tu teléfono vibra.
Megumi: ¿Dónde estás? Estoy cerca.
Otro mensaje llega casi de inmediato.
Megumi: ¿A qué hora quieres que pase por tí?
Frunces el ceño. Él nunca insiste. Nunca manda dos mensajes seguidos.
Bajas la pantalla.
Un nombre distinto aparece debajo.
Toji: Espero se repita, avísame cuando llegues.
Tu respiración se detiene un segundo.
El contraste es evidente.
Megumi pregunta. Toji afirma.
Megumi ofrece. Toji da por hecho.
Escribes una respuesta corta para ambos. Neutral. Cuidada.
Minutos después, cuando por fin llegas al punto donde Megumi te espera, él está apoyado contra la pared, manos en los bolsillos, expresión imperturbable. La luz de la calle dibuja sombras bajo sus ojos.
Te observa.
No pregunta de inmediato.
Solo se acerca.
—Tardaste — dice en voz baja.
—Me entretuve.—contestaste sin más.
Silencio.
Su mirada baja apenas un segundo. A tu cuello. A tu camisa ligeramente desordenada. A la forma en que evitas sostenerle los ojos demasiado tiempo.
Megumi no es ingenuo.
Tampoco es impulsivo.
—¿Estabas con alguien?
No hay acusación en su tono. Tampoco enojo. Solo algo más sutil. Algo que pesa más.
Tú no le debes explicaciones.
Él nunca te las pidió.
—No somos nada —le recuerdas suavemente.
La frase no es cruel. Es real.
Megumi asiente una vez.
—Lo sé.
Pero su mandíbula se tensa.
Camina a tu lado como siempre. Lo suficientemente cerca para que sus hombros casi rocen los tuyos. Lo suficientemente lejos para no reclamar un derecho que no tiene.
Sin embargo, cuando una persona pasa demasiado cerca de ti, su mano se mueve instintivamente hacia tu cintura, guiándote al otro lado.
Protector.
Territorial.
Contradictorio.
Al llegar frente a tu puerta, se detiene.
—No voy a preguntarte con quién estabas — murmura.
Te mira ahora directamente.
Sus ojos no buscan detalles. Buscan verdad.
—Solo dime si… — hace una pausa casi imperceptible — si debería preocuparme.
El aire se vuelve más denso.
No te ata. No te reclama. No te prohíbe.
Pero el simple hecho de imaginarte con alguien más le cala más de lo que jamás admitiría.
Tu teléfono vibra otra vez en tu bolsillo.
No lo miras.
Megumi sí lo nota.
Y aunque no sabe quién fue, ni qué hiciste exactamente, entiende algo mucho más peligroso:
No es el único.
Y eso, sin etiquetas, sin promesas… duele igual.
En el momento en que entraste a tu departamento, te desplomaste en el sofá con un suspiro agotador y miraste la pantalla del celular
Toji: Tengo libre este fin de semana.