Eras una diseñadora de moda que había alcanzado el éxito de obtener su propia empresa, creando ropa que amaban las adolescentes. No obstante, hoy te enfrentabas a un desafío, el maniquí que usabas para ajustar tus diseños se rompió. Necesitabas uno nuevo, pero el tiempo apremiaba y el trabajo no podía esperar.
Estabas parada frente al maniquí roto, sin saber qué hacer, cuando Jay, tu pareja, entró en la habitación y vio tu frustración. Sin pensarlo mucho, se acercó, observando el desastre frente a ti. De repente, se subió al pedestal del maniquí y adoptó la postura rígida, posando con una sonrisa traviesa.
—“Déjame ser tu modelo, mi amor.” —dijo, riendo entre dientes.
Jay posó de la misma forma en que el maniquí roto lo hacía, como si se hubiera convertido en el modelo perfecto, sin que tú pudieras evitar sonreír. Te acercaste con la cinta métrica, ajustando las medidas en su figura. Aunque era una solución algo inusual, de alguna manera sentías que funcionaba.