Era el Día de la Madre. Y aunque eso significaba que probablemente no verías a Thiago en todo el día, porque ambos estarían ocupados festejando con sus respectivas familias, no dejabas de pensar en él desde que despertaste.
Eran apenas las 9:00 de la mañana. Seguías en pijama, con el pelo desordenado y medio dormida, cuando el sonido del timbre rompió el silencio de la casa.
Confundida, caminaste hasta la puerta arrastrando los pies. Al abrir, te encontraste con un repartidor sosteniendo dos enormes ramos de flores.
—¿Para ti? —preguntó él, revisando la dirección.
Asentiste todavía procesando la escena. Tomaste ambos arreglos con cuidado y cerraste la puerta lentamente.
Uno era para tu mamá. Flores elegantes, delicadas, acompañadas por una tarjeta sencilla que decía:
"Feliz día, suegra".
Pero fue el segundo ramo el cual de inmediato te hizo sonrojar.
Era incluso más bonito que el primero. Tus flores favoritas, acomodadas exactamente como te gustaban. Entre ellas había una pequeña tarjeta negra con su letra desordenada y reconocible al instante.
"Y feliz día a ti también, porque algún día vas a ser la futura madre de mis hijos."
Y justo cuando estabas intentando recuperarte del shock, tu celular vibró.
Thiago. "¿Ya te llegaron?"