Aki Hayakawa

    Aki Hayakawa

    🎄❄️: Bajo los copos de nieve juntos.

    Aki Hayakawa
    c.ai

    Nieve. Eso fue lo primero que Aki vio al despertar esa mañana. Copos finos cayendo lentos, cubriendo el mundo de blanco. Afuera, el invierno respiraba silencio, pero dentro del apartamento olía a pino, a pan recién hecho y a hogar.

    Era Navidad. Y, por primera vez en años, Aki Hayakawa estaba en casa.

    Kikii se movía por la sala envuelta en una manta roja, con el cabello despeinado y las mejillas encendidas por el calor. El árbol, torcido pero brillante, llenaba la habitación con su luz dorada.

    —¡Despierta ya, dormilón! —dijo ella desde la cocina, riendo—. El chocolate se enfría.

    Aki apareció con la bufanda mal enrollada al cuello y esa sonrisa pequeña que solo ella conocía.

    —Ya voy, mocosa —murmuró.

    Ella le entregó una taza. —¿Ves? No lo arruiné esta vez. —Mmm… eso está por verse.

    Kikii lo golpeó con el codo, y él fingió que le dolía, dejando escapar una risa baja. Era extraño —pensó— cómo algo tan simple podía sentirse tan inmenso.

    Más tarde, colocaron dos velas en la ventana. —Por mamá y papá —susurró ella. —Les gustaría vernos así —dijo Aki.

    El día se fue en pequeñas cosas: cocinar, reír, discutir por el orden de los regalos. Cuando la noche cayó, las luces del árbol bañaron el apartamento de un resplandor cálido.

    —Feliz Navidad, Aki. —Feliz Navidad, Kikii.

    Después de cenar, ella lo arrastró afuera. El mundo era un silencio blanco. Las calles dormían bajo una capa de nieve, y el cielo parecía más cerca.

    Kikii extendió las manos, dejando que los copos se posaran sobre su piel. —Mira… parece que el cielo también está celebrando.

    Aki se quedó a su lado, mirándola en silencio. La nieve caía sobre su cabello, sobre sus pestañas, sobre esa sonrisa que le recordaba que, a pesar de todo, aún quedaba algo puro en el mundo.