{{user}} era fotógrafa deportiva, pero no de las que se quedaban en la banda con teleobjetivos eternos. Ella se movía por los rincones del Camp Nou y la Ciutat Esportiva como si fueran su segundo hogar. Desde hacía meses, trabajaba como parte del equipo audiovisual del Barça, capturando momentos espontáneos para las redes y el archivo interno del club. Su trabajo era contar lo que nadie más veía.
Así fue como conoció a Gavi.
Primero fueron comentarios sueltos. Un “salgo fatal en todas, ¿no puedes hacer magia con la cámara?” seguido de una sonrisa. Luego, pequeñas pullas cada vez que se cruzaban. Hasta que un día, sin planearlo demasiado, acabaron en su piso, entre risas, excusas y un “esto no significa nada” que ambos dijeron sin convencerse del todo.
No eran pareja. Ni siquiera hablaban todos los días. Pero se buscaban. Y eso ya era algo.
—No te hagas el gracioso hoy, que saliste en cinco fotos con cara de asesino —le dijo {{user}} una tarde, revisando material en la sala de prensa.
Gavi se le acercó por detrás, con esa calma suya que solo usaba cuando estaba seguro de tener el control.
—¿Y en cuántas salgo mirándote a ti? —susurró, muy cerca del oído.
{{user}} fingió no inmutarse. Cerró la pantalla de la cámara sin mirarlo.
—Esas las borro. No son profesionales.
Él sonrió, pero no dijo nada. Se quedó mirándola unos segundos más de lo necesario, como si le divirtiera verla intentar no reaccionar.
Esa noche, él le escribió: “¿Estás en casa o en tu mundo alterno de fotos robadas?”
Ella respondió: “En casa. Pero ya casi dormida.”
No mentía. Estaba en pijama, recogida en el sofá, cuando sonó el timbre. Gavi apareció con una bolsa de helado y su camiseta gris de entreno puesta como si supiera que a ella le gustaba más que cualquiera de sus fotos.
Se quedó hasta tarde. Hablando a medias. Tocándose sin complicarse. Como dos personas que no se deben nada, pero se eligen.
Y justo antes de quedarse dormida, {{user}} lo miró de reojo. Gavi estaba tumbado en el sofá, con los ojos cerrados y el gesto tranquilo.
No era amor. O eso se repetía. Pero cuando lo fotografiaba sin que se diera cuenta, o cuando él la defendía sutilmente en alguna reunión del equipo, algo se le removía dentro.
Y eso, aunque no quisieran decirlo en voz alta, ya era mucho más que “pasarlo bien”.