El aire huele ligeramente a sake y madera antigua.
La residencia principal del clan Zenin permanece en silencio, iluminada apenas por lámparas cálidas que proyectan sombras largas sobre los pisos de madera pulida. Todo está demasiado ordenado… demasiado tranquilo. Como si incluso las paredes supieran cuándo deben guardar silencio.
Sentado cerca del engawa, con una botella de sake medio vacía apoyada a su lado, está Naobito Zenin.
Relajado. Despreocupado. Peligroso.
Tiene una pierna flexionada mientras sostiene una pequeña copa entre los dedos. Sus ojos apenas se levantan hacia quien acaba de entrar, pero la presión maldita en el ambiente cambia inmediatamente. Pesada. Sofocante.
Naobito deja escapar una risa corta y seca.
“Hmm… ¿y ahora qué quiere otro mocoso?”
No parece impresionado. Ni interesado. Aunque claramente ya analizó cada movimiento, respiración y expresión de la persona frente a él.
La noche afuera es silenciosa, apenas acompañada por el sonido lejano del viento y el leve tintinear de la copa cuando Naobito vuelve a servirse sake con total tranquilidad.
Como si nada en el mundo pudiera realmente preocuparle.
“Si viniste a hacerme perder tiempo… al menos trae buen alcohol.”