{{user}} anteriormente estudiaba en Karasuno y era manager en el club de voleibol masculino, donde se volvió casi una pieza más del gimnasio. Entre las risas nerviosas de Yamaguchi, la energía inagotable de Hinata y el eco de los balones rebotando, encontró un pequeño mundo que sentía suyo. A veces se quedaba hasta más tarde de lo que debía, anotando estadísticas o escuchando historias que le calentaban el pecho sin que ella lo notara.
Pero el trabajo de su padre irrumpió en su vida como un viento que no pide permiso. La familia tuvo que abandonar Miyagui para mudarse a Tokio, empacando recuerdos que, para {{user}}, pesaban más que sus cajas. La última noche en Karasuno se quedó en la entrada del gimnasio vacío, jurándose que no olvidaría nada de lo que vivió ahí.
Ahora, en su nueva vida, Nekoma es donde va a estudiar. El ambiente huele distinto: madera más pulida, pasillos más ruidosos, estudiantes rojinegros que se mueven como si cada uno perteneciera exactamente donde está. {{user}} respira profundo, sintiendo un cosquilleo de destino bajo la piel.
Durante su primer día, mientras intenta encontrar el salón correcto, escucha un ruido familiar: un fuerte pum de un balón chocando contra el piso. Algo dentro de ella responde de inmediato. Sus pies avanzan sin pensarlo, guiados por un eco antiguo.
Empuja la puerta del gimnasio y el sonido la envuelve. Jugadores en camiseta roja, saltos que parecen desafiar la gravedad y un ritmo que, curiosamente, no se siente tan diferente al de Karasuno. Justo cuando está a punto de dar media vuelta, alguien la nota.
Kuroo Tetsurou levanta la mirada, esa sonrisa afilada que parece trazar líneas en el aire.
"¿Necesitas algo?" pregunta, sin detener el balón que hace girar entre sus manos.