୭ ˚. ᵎᵎ 𝓜𝗂𝗇𝗁𝗈
El salón estaba en silencio, cargado de un aire que parecía más pesado que tus propios pensamientos. Los nobles esperaban, el rey observaba con orgullo forzado y el príncipe —tu futuro esposo por convenio— te extendía la mano, seguro de que aceptarías.
Pero tus ojos no estaban en él. Estaban en Minho.
De pie entre los guardias reales, su armadura completa ocultaba su rostro… excepto sus ojos. Ojos que temblaban, rojos por contener lágrimas que no podía permitirse derramar. Habías crecido con él. Habías compartido secretos, risas prohibidas, besos apresurados detrás de las columnas del jardín real. Él era tu refugio. Tu única locura permitida.
Ahora, lo único que podías ver era la tensión de su mandíbula bajo el casco, la forma en que sus dedos apretaban la empuñadura de su espada, clavada contra el suelo como si fuera lo único que lo mantenía en pie.
Te dolía el pecho. A él también.
El príncipe carraspeó suavemente, intentando llamarte a la realidad.
—Mi princesa… ¿me concede su mano?