Nadie abría esa puerta. Nunca. {{user}} ya lo sabía. Cada entrega en esa dirección terminaba igual: dejar el paquete y marcharse con la sensación de que nadie lo recogería. Pero esa tarde, algo cambió. Un clic seco, un crujido lento… y la puerta se entreabrió
Un par de ojos oscuros, hundidos y enormes, se asomaron entre las sombras. Piel blanca como papel, cabello largo y sin forma. Al ver el paquete en sus manos, aquellos ojos titilaron con una emoción que no parecía haber sentido el sol en mucho tiempo
{{user}} tragó saliva. Un olor denso y húmedo escapó como un suspiro viejo desde dentro, y por el hueco de la puerta, alcanzó a ver lo que parecían colinas de cosas apiladas, como si el interior de la casa llevara años conteniéndose
El chico tomó el paquete con manos flacas, casi temblorosas, y lo abrazó por un segundo. Ni una palabra. Ni un agradecimiento. Solo la puerta cerrándose de nuevo, como si jamás se hubiera abierto