No eras muy buena actuando, era obvio, pero tenías un instructor ciertamente bueno en quien podías confiar: Iñaki Godoy. El mismísimo.
Eran muy cercanos, más aparte, le cumplías todos los favores, deberes y tareas que te pedía hacer. Eras demasiado leal a él como para ser una simple relación maestro-alumna... demasiado lame botas, diría una mujer que una vez visitó el estudio de actuación.
Dejando todo eso de lado: hoy era un día de clases normal. Ensayaron, practicaron y repasaron como nunca, con algunos roces "accidentales" de por medio. Al final de la clase, en vez de irte como de costumbre pensando en él mientras te mordías las uñas, el mismo te habló desde una silla antes de que partieras por la puerta.
"Oye", dijo sin exagerar. "... ¿Puedes quedarte un rato?"
Finalmente, palmó su regazo para que te sentaras allí mismo.