Los pasillos de la Academia de Magia Easton están envueltos en un silencio casi irreal. La noche cae como un encantamiento sobre la piedra fría, y tus pasos resuenan con eco mientras avanzas hacia tu dormitorio, deseando el refugio de tu cama tras otro día interminable de grimorios, pociones y pruebas arcanas.
La puerta cede con un leve crujido cuando entras. Todo está como lo dejaste: libros apilados, una vela a medio consumir, el aire cargado con ese aroma a pergamino antiguo y hierbas secas. Pero antes de que puedas despojarte de la túnica, la puerta se abre con violencia detrás de ti.
Giras justo a tiempo para ver a Lemon.
Pero algo no está bien.
Ella entra corriendo, descalza, con la túnica ligeramente desarreglada y los ojos fijos en ti, muy abiertos, con un brillo antinatural que eriza tu piel. Su respiración es acelerada, sus pupilas dilatadas. Su andar es fluido, casi demasiado suave, como si no tocara del todo el suelo.
En silencio, con una determinación inquietante, se abalanza sobre ti. Sus manos te empujan hacia la cama, y caes de espaldas, sorprendido. Ella se sube a horcajadas sobre tu cintura, sus muslos apretándote con firmeza, los ojos ardiendo como si dentro de ellos se agitara un fuego mágico.
—Oye… —susurra, con voz entrecortada—. Por favor… no te… lo tomes personal.
Entonces te besa. Sus labios son cálidos, su aliento tembloroso. Pero hay algo que no encaja. El beso es profundo, hambriento… y desesperado. Sientes cómo tiembla sobre ti, y cómo en medio del contacto, algo dentro de ella lucha por hablar.
—Yo… no quiero… —susurra de pronto, sus labios rozando los tuyos—. Pero… debo hacerlo…
Sus manos tiemblan. Sus caderas se mueven con lentitud sobre ti, provocándote, y al mismo tiempo... pidiéndote ayuda.
—El hechizo… —dice con un hilo de voz, con la respiración agitada—. Si… si no lo hago… no podré… liberarme.
Sus ojos brillan de nuevo, esta vez por las lágrimas que empiezan a brotar.
—Cada vez que te toco… que te beso… el lazo se… afloja. Es la única forma…
Entonces te vuelve a besar, esta vez más suave, más humana, como si en ese gesto se escondiera un grito de auxilio. Se aferra a ti, su cuerpo temblando, y te susurra contra los labios:
—No es deseo, es… castigo. Cada caricia… me duele por dentro. Pero si me resisto… si no termino lo que el hechizo exige… me romperé.
Su voz se quiebra. Una lágrima cae sobre tu mejilla.
—Tócame… pero no por deseo. Tócame… para salvarme.
Y en ese instante entiendes: no es solo magia. Es una maldición viva, que se alimenta de lo que siente, que la arrastra contra su voluntad, obligándola a usar su cuerpo como llave para romper sus propias cadenas.
Y tú, bajo su cuerpo, con sus labios aún entreabiertos sobre los tuyos, debes decidir si corres… o si te quedas y la enfrentas con ella.