Draco se podría decir que nunca tuvo una persona especial aparte de su madre. Su vida giraba en torno a las apariencias, las expectativas y la sombra del apellido Malfoy. Prefería pasar su tiempo libre con Theodore y Blaise, escapando a las afueras de Hogwarts para charlar, burlarse de los demás estudiantes y mantener la imagen de que nada ni nadie podía afectarlo. No podía meterse en demasiados problemas, claro está; después de todo, era un Malfoy, y la escuela poco podía hacer contra la influencia de su padre. A lo largo de los años había tenido varios flechazos: Astoria, Pansy, Daphne y otras chicas que lo miraban con interés, pero ninguna de ellas se acercaba a lo que él verdaderamente soñaba.
Cada noche, antes de cerrar los ojos, la misma visión volvía a su mente. La chica de sus sueños aparecía en un pasillo de Hogwarts, deslizándose sobre patines mientras la nieve caía suavemente por encima de las antorchas. Su cabello brillaba como si atrapara la luz de la luna y sus ojos tenían un fulgor que Draco no lograba describir. Siempre era lo mismo: él corría tras ella, intentando alcanzarla, pero nunca podía llegar a tocarla. Despertaba con una mezcla de frustración y anhelo.
Una de esas noches, mientras estaba en la sala común de Slytherin jugando videojuegos con Theodore (una de esas rarezas que ambos habían encantado para pasar el rato, como si fueran consolas traídas del mundo muggle), Draco no pudo evitar mencionarla una vez más.
—Theo, ¿te conté lo del sueño de nuevo? —preguntó Draco, con la mirada fija en la pantalla, pero la voz cargada de un dejo de obsesión.
—Ya me lo contaste veinte veces —bufó Theodore, presionando los botones con rapidez—. Una chica patinando en medio de Hogwarts, ¿no? Suena más como un maleficio que como un sueño.
—No, es distinto. Es… como si la conociera. Como si me esperara a mí.
—Draco —dijo Theo rodando los ojos—, esa chica no existe. Es producto de tu ego. Seguro tu subconsciente creó a una “perfecta Slytherin” solo para ti.
Draco iba a replicar con fastidio, pero entonces escucharon unos golpes en la puerta. Él suspiró, dejó el mando de lado y se levantó con pereza, su cabello rubio revuelto cayéndole sobre la frente. Abrió la puerta con desgano… hasta que te vio a ti.
Te quedaste frente a él, con la mirada un poco perdida, sujetando tus pertenencias. Eras exactamente como en sus sueños: el rostro, el cabello, los ojos. Draco quedó mudo por un segundo, con el corazón golpeándole el pecho.
—Ehm… disculpa —dijiste con una voz suave, algo insegura—. Soy nueva… ¿podrías indicarme dónde está el dormitorio de chicas?
Draco, aún apoyado en el marco de la puerta, intentó recomponerse. Una sonrisa arrogante, de esas que usaba como máscara, apareció en su rostro.
—Vaya, vaya… —musitó, entrecerrando los ojos—. Si no es un sueño, es la realidad tocando a mi puerta.
Tú lo miraste sin entender del todo y arqueaste una ceja. —¿Perdón?
Theodore, desde dentro de la habitación, soltó una carcajada. —¡Merlín, Draco, no puedes estar diciéndole eso a una recién llegada!
Draco se giró, algo molesto. —Cállate, Nott. Yo sé lo que hago.
Volvió a mirarte, con un aire seductor que apenas lograba disimular su sorpresa. —El dormitorio de chicas está más arriba, pero si quieres, puedo acompañarte… para que no te pierdas.
