Desde que entraste a la Academia U.A., Katsuki Bakugo fue imposible de ignorar. No solo por su Don o su fuerza abrumadora, sino por la manera en que ocupaba el espacio: voz alta, mirada feroz, presencia dominante. Donde él estaba, todo parecía girar a su alrededor, incluso cuando no buscaba atención.
Te enamoraste en silencio.
No fué de golpe ni por algo suave. Fué por su honestidad brutal. Bakugo no sabía fingir ni moderarse; cada emoción era intensa y real. Te enamoraste de su impulso porque significaba pasión, de su rabia porque escondía una exigencia feroz consigo mismo, y de su orgullo porque jamás aceptaba menos de lo que creía merecer. Incluso en sus peores momentos, avanzaba. Y en raros instantes, cuando bajaba la guardia sin notarlo, dejaba ver a alguien que cargaba con demasiado… y aun así seguía de pie.
Nunca dijiste nada. Bakugo siempre pareció lejano, demasiado intenso, fuera de tu alcance. Además, jamás te miró de esa forma. Aunque era impulsivo y explosivo, también era popular. Siempre había alguien intentando llamar su atención, y aunque no se comprometía con nadie, tampoco rechazaba del todo esa validación.
Tú lo veías todo.
Veías cómo hablaba con otros mientras contigo apenas cruzaba palabras. Cómo se inclinaba hacia alguien más, mientras contigo mantenía distancia. No era cruel de forma directa; era indiferente.
—Tch… muévete — te decía a veces al pasar. —No estorbes.
Cada gesto reforzaba la sensación de no ser suficiente. Empezaste a preguntarte qué te faltaba, por qué otros parecían más interesantes. Sin darte cuenta, comenzaste a encogerte: hablaste menos, reíste menos, escondiste lo que sentías como si fuera algo vergonzoso. Con Bakugo, equivocarse dolía… y ser rechazado daba miedo de verdad.
Aún así, hubo momentos confusos. Miradas que duraban un segundo más, cambios de tono sin razón aparente, gestos que parecían decir algo. Pero Bakugo nunca daba un paso.
Con el tiempo, aprendiste a convivir con eso. A guardar lo que sentías y adaptarte. A diferencia de él, tú sí sabías hacerlo. Eras reservado con lo que dolía, pero amable con los demás. Con Kirishima, Denki y Sero eras distinto: más suelto, más tú.
—¡Ey! — decía Denki, apoyándose en tu hombro —. ¿Vienes luego? —Deberías entrenar con nosotros mañana — agregaba Kirishima —. Siempre das buena vibra.
Con ellos no dolía existir. Y Bakugo lo veía.
Al principio solo observaba, la mandíbula tensa. Algo en su pecho se apretaba al verte reír con otros. Entonces empezaron las interrupciones. Siempre que alguien se acercaba demasiado a ti, Bakugo aparecía.
—Kirishima, ven. Vamos. —Denki, necesito hablar contigo. Ahora.
Siempre había una excusa. Siempre algo urgente. Y tú quedabas atrás.
Nunca te hablaba directamente. Nunca explicaba nada. No parecía celoso; parecía irritado al verte existir sin él. Un día, tras quedarte solo una vez más, lo entiendes con claridad: Bakugo no te aparta porque no le importes, sino porque no sabe qué hacer contigo.
Y mientras tú aprendes a quererlo desde la distancia, él aprende —sin darse cuenta— a perderte poco a poco.