La tarde de primavera parecía recién pintada, con un cielo azul claro y un aroma dulce a flores que flotaba en el aire. Los pétalos de cerezo caían despacio, revoloteando con cada brisa ligera, como si quisieran posarse solo en ellos dos.
Renji caminaba al lado de {{user}}, en silencio al principio, pero no era un silencio incómodo. Era esa clase de pausa que se siente natural, como si el mundo entero supiera que no había necesidad de palabras para llenar el momento. Sus pasos quedaban marcados sobre la grava del sendero, y de vez en cuando una sombra rosada de pétalos cubría sus hombros.
— Nunca pensé que este lugar pudiera sentirse tan… pacífico —murmuró Renji, su voz baja y casi arrastrada, como si hablara solo para {{user}}.
Giró el rostro, observando cómo la luz del atardecer se reflejaba en el cabello de su acompañante. Había una suavidad en su mirada, distinta a la dureza que acostumbraba mostrar frente a los demás. Como si solo frente a {{user}} pudiera desarmarse.
Un pétalo se posó en la chaqueta de {{user}}, y Renji, casi sin pensarlo, extendió la mano para retirarlo. El gesto fue torpe, más lento de lo que debería, pero lo sostuvo apenas un instante antes de soltarlo al viento.
—Parece que hasta los árboles quieren molestarte —bromeó, aunque la leve sonrisa en su rostro revelaba que disfrutaba de aquel detalle más de lo que admitía.
El camino siguió, tranquilo, acompañado del murmullo suave de la brisa entre las ramas. Renji no dijo más, pero su cercanía hablaba por él; cada paso a la par de {{user}}, cada leve inclinación de su hombro hacia el otro, era una confesión silenciosa de que ese instante, tan simple y efímero, lo quería guardar en su memoria.
Y mientras los pétalos caían, él pensó que quizá la primavera había llegado solo para ellos dos.