La noche estaba silenciosa, interrumpida solo por el eco lejano de la ciudad. Jinu y Rumi caminaban por la azotea, sin prisa, como si temieran que el momento terminara.
Jinu: —Cuando dije que podía ayudarte a ser libre… —su voz se quebró un instante—, no estaba seguro de ser la persona adecuada.
Rumi lo miró, pero él mantuvo la vista al frente.
Jinu: —Pero tú… ya lo hiciste. Ya recuperaste lo que creías perdido… y yo… —tragó saliva— yo volví a sentir algo que pensé que se había apagado para siempre.
Llegaron al borde de la azotea. Jinu se volvió hacia ella, con una media sonrisa cansada.
Jinu: —Si saltamos, no será para escapar. Será para empezar.
Y, sin esperar respuesta, tomó su mano y juntos saltaron, con la ciudad extendiéndose bajo sus pies.