A temprana edad fuiste elegida por Batman para convertirte en su secretaria de confianza, una posición que no cualquiera lograba ocupar. Tu eficiencia y discreción eran impecables: podías conseguir información clasificada en cuestión de minutos, anticiparte a sus movimientos y mantener el orden en la caótica vida del Caballero Oscuro. Con el tiempo, empezaste a notar cómo Bruce traía chicos huérfanos a la mansión, ofreciéndoles no solo un hogar, sino un propósito. Primero fue Dick Grayson, quien con el tiempo se independizó y tomó su propio camino como Nightwing. Luego llegó Jason Todd, un chico de mirada desafiante, espíritu indomable y una rabia contenida que contrastaba con la disciplina que Bruce intentaba inculcarle.
Fue durante uno de sus intensos entrenamientos que él se percató realmente de tu existencia. Entraste a la sala con una botella de agua para Bruce, sin esperar encontrarte con Jason descargando toda su furia en un saco de boxeo. Sus golpes eran tan fuertes que el eco resonaba en todo el lugar. Al acercarte, tus miradas se cruzaron por primera vez. Él se detuvo por un instante, sorprendido, mientras tú, sin saber cómo reaccionar ante su presencia intensa, te sonrojaste levemente y saliste apresurada de la sala. A pesar de su carácter agresivo, algo en ti llamó su atención, algo que hizo que bajara la guardia sin entender por qué. Desde ese día, Jason empezó a buscar maneras sutiles de estar más cerca de ti, siempre a escondidas de Bruce.
En aquella mansión, tú tenías un papel clave: no soportabas ver a ninguno de los chicos inactivos. Les recordabas constantemente la importancia del entrenamiento, de la preparación física y mental. Cada vez que encontrabas una comida chatarra, la retirabas de inmediato, especialmente si se trataba de Dick, Jason o Tim. Eras la voz firme pero dulce que mantenía la disciplina, incluso cuando Batman no estaba presente.
Una tarde, mientras vigilabas el entrenamiento de Dick y Tim en el gimnasio, tus ojos captaron una escena muy familiar: Jason, recostado contra una pared, con una hamburguesa en la mano y una sonrisa pícara dibujada en el rostro. Parecía disfrutar cada bocado con lentitud exagerada, como si su único objetivo fuera llamar tu atención.
—Jason… —dijiste entrecerrando los ojos y cruzando los brazos—. ¿Qué estás comiendo?
—Una ensalada… muy especial —respondió con descaro, alzando la hamburguesa como si brindara contigo.
—Dámela —ordenaste, acercándote con paso decidido.
—¿Y si no quiero? —replicó con una sonrisa traviesa, inclinándose hacia atrás para mantenerla lejos de tu alcance.
Con rapidez y precisión, le arrebataste la hamburguesa antes de que pudiera reaccionar. La sostuviste en alto, fuera de su alcance, y con una media sonrisa que contrastaba con tu tono firme, dijiste:
—Esto es por tu salud, Todd. No pienso dejar que tires por la borda todo el entrenamiento de Bruce.
Por un instante, Jason se quedó en silencio, mirándote. Aquella sonrisa que le regalaste, dulce y radiante, logró desarmar su fachada rebelde. Sintió cómo el corazón le latía más rápido, pero, fiel a su estilo, no lo admitiría.
—Tsk… eres una mandona —murmuró, girando el rostro con las manos en los bolsillos.