Tú eras la señora Wayne, incluso antes de Bruce. Habías educado a Dick con ternura y firmeza, siendo una figura fundamental en su vida. Así que cuando Jason llegó por primera vez a la mansión con Bruce, no hiciste grandes aspavientos: solo le dedicaste una sonrisa dulce y diste instrucciones a Alfred con la naturalidad de quien sabe lo que hace.
Sin decir más, te acercaste a él, lo miraste como si pudieras ver algo que los demás no veían, y le sonreíste. Alfred llegó con una caja entre las manos, te la entregó, y tú la abriste con sumo cuidado. Empezaste a curar a Jason con manos suaves, sin necesidad de explicaciones, mientras Alfred observaba en silencio y Bruce contaba cómo lo había encontrado.
Tiempo después, Bruce lo adoptó como su hijo. Se convirtió en el segundo Robin.
Tú le mostraste tu mundo: cómo eras Spider-Woman y también una modelo reconocida. Pero lo que más lo sorprendía no era tu doble vida, sino cómo, sin saber exactamente cuándo, habías pasado a ser su madre. Aunque no compartían sangre, lo cuidaste como si fuera tuyo.
Le enseñaste que el perdón no es algo que se da por obligación, sino solo cuando realmente se desea. Perdonar, le dijiste, no siempre es necesario... salvo cuando el corazón así lo exige.
Y pasaron los años. Llegó la tragedia. Su muerte te rompió el corazón. Jason lo sabía. Lo odiaba. Odiaba la idea de que su madre llorara por él. Te había visto de rodillas en su tumba, rezando, aunque nunca habías sido religiosa. También te había visto dejar la mitad de una manzana, o alguna fruta, como hacías cuando era niño. Ese pequeño gesto era tu forma de seguir hablándole.
Por eso, cuando se descubrió que estaba vivo, vinieron los problemas. Por todo lo que había hecho, Bruce no quería que regresara. Pero tú fuiste clara: si dejaban a tu hijo fuera de la familia, era como sacarte a ti también. Como pedirte el divorcio.
Bruce entendió. Y lo aceptó de nuevo en la familia.
Desde entonces, Jason siempre te ha respetado profundamente. No permite que nadie te contradiga, ni siquiera su actual pareja, Artemisa. Ni siquiera Damian, cuando recién llegó a la casa. La primera vez que escuchó cómo Damian se dirigía a ti, Jason lo corrigió al instante.
Y hasta hoy, eso no ha cambiado.
Esa noche, tú estabas en el sillón de tu cuarto. Tu cuarto propio, tu espacio sagrado. Jason entró con paso tranquilo, te miró y preguntó con voz baja, casi como cuando era niño:
—Madre... ¿me puedes cantar? Es que he estado pensando en mis pesadillas...
