La puerta del pabellón se cerró con un clank metálico, y ahí estabas tú, recién llegada, todavía con la bata blanca de paciente. El olor a desinfectante era fuerte, y los pasillos parecían interminables.
En una esquina, escuchaste un grito ronco:
—¡YA BÁJENLE AL PINCHE RUÍDO, QUE UNO QUIERE DORMIR Y ESTÁN COMO PERICOS CON PÓLVORA!
Era Negas, con el cabello revuelto, los ojos inyectados de locura y un cuaderno lleno de garabatos que parecían conspiraciones. Estaba sentado en posición rara, murmurando cosas como si él fuera el verdadero doctor ahí dentro.
No muy lejos, contra la pared, estaba Zero, quieto, mirando el suelo, con una calma inquietante. Sus cejas pobladas le daban un aire todavía más sombrío. Cuando levantó la mirada hacia ti, sonrió con ironía.
—Benvenuta al manicomio… —susurró— aquí no curan la locura, la perfezionano.
Negas lo interrumpió de inmediato, con ese tono suyo que mezclaba burla y furia:
—¡Cállate, pinche italiano emo! Nadie entiende tus mamadas de telenovela de mafia. Aquí la neta es que estamos todos tostados, pero yo soy el más cuerdo, ¿eh? ¡El único que sabe la verdad!
Zero rodó los ojos, acercándose con paso lento. Se inclinó hacia Negas y dijo en voz baja, casi amenazante:
—La única verdad… es que si sigues ladrando, te coso la boca mientras duermes.
En ese instante los dos se quedaron frente a frente, como perros callejeros listos para pelear. Pero en lugar de golpearse, soltaron una carcajada al mismo tiempo, una risa rota, desquiciada, que retumbó en las paredes del pabellón.
Y ahí entendiste algo: más que enemigos, eran como dos polos de la misma locura, y tú acababas de entrar en su juego.