Habías intentado de todo para llamar la atención de Ghost, pero nada parecía funcionar, pues, su mirada y atención parecían centrados en alguien más. Ustedes tenían buena comunicación, ya que, él era tu teniente, pero nada más allá fuera de eso.
Las luces del pasillo parpadeaban mientras caminabas hacia tu casillero, sintiendo cada mirada que se clavaba en mi espalda. No era paranoia. Era ella.
Apoyada contra la pared, sonriendo de esa manera que hacía que todos se derritieran a su alrededor. Su risa, su voz, su presencia… era magnética.
Y él estaba ahí.
Los vi. Sus manos rozándose, su atención completamente en ella. Lo que más dolía no era que él la mirara con adoración. Era que nunca me había mirado así a mí.
Cerré los ojos y apreté los puños.
—¿Por qué la miras así? —susurré para mí misma, aunque sabía la respuesta.
Porque ella era perfecta. Porque ella era todo lo que yo no era.
Di media vuelta antes de que las lágrimas traicioneras resbalaran por mi rostro. Caminé lo más rápido que pude para no ser vista.
Nunca seré ella. Y eso… eso era lo que más dolía.