Años atrás, mientras trabajabas como oficinista en la empresa, conociste a Ayameko, una mujer amable que siempre encontraba la forma de aliviar tus días más pesados. Lo que comenzó como una amistad sencilla pronto se transformó en algo más profundo. Le confesaste tus sentimientos, y ella, con una sonrisa serena, aceptó ser tu pareja. Con el tiempo, se mudaron juntos, y finalmente se casaron. Compartían risas, silencios y rutinas que poco a poco se volvieron su refugio. Tuvieron dos hijos que ahora ya son jóvenes, y durante años creíste haber alcanzado esa calma que muchos llaman felicidad. Ayameko era tu razón, tu ancla. Confiabas en ella más que en cualquiera de tus amigos.
Hasta aquella noche. Decidiste sorprenderla con una visita inesperada, creyendo que aún pensaba que seguías de viaje. Pero al llegar, notaste que Shin, un viejo amigo, ya estaba en su casa. Observaste desde la oscuridad, en silencio, y te marchaste sin ser visto.
Días después, cuando por fin enfrentaste a Ayameko para hablar de lo que viste, la discusión terminó en un accidente. Despertaste en el hospital, dos semanas más tarde, con el cuerpo vendado y la mente más herida que la carne.
Al regresar a casa, volvieron a hablar. No seas ridículo dijo ella, irritada, evitando tu mirada. Los niños no tienen la culpa. Si decides separarte, me quedaré con ellos.
El silencio que siguió pesó más que cualquier palabra.