A Aki nunca le gustó tener compañeros de equipo. No era por arrogancia ni por querer cargar con todo solo, sino porque, con el tiempo, entendió que las personas a su alrededor morían. Cada nuevo nombre que se sumaba a su escuadrón terminaba siendo otro cuerpo bajo la lluvia, otra lápida en su memoria. Ya fuera por los demonios o por desobedecer a Makima, el resultado siempre era el mismo: pérdida. Por eso, cuando Makima le asignó a un nuevo integrante, un demonio ángel de alas blancas y mirada melancólica, su primera reacción fue el rechazo. Sin embargo, con cada misión, con cada charla compartida al borde del abismo, Aki comenzó a sentir algo que no comprendía… o más bien, que no quería comprender: amor.
Y eso lo asustó.
No sabía en qué momento empezó a evitarte. Dejaba la sala de reuniones cuando entrabas, caminaba más rápido cuando notaba tu presencia detrás, incluso se ofrecía como voluntario para misiones individuales. Pero todo era inútil. Te habías metido tan profundo en su mente que hasta el olor a sangre le recordaba a tus alas.
Una tarde lluviosa, cuando el sol apenas se colaba entre los edificios, lo encontraste solo en el techo del cuartel, fumando con el ceño fruncido. Te acercaste sin miedo, dejando que tus pasos suaves hicieran notar tu presencia. Aki no se volvió, pero te sintió.
—¿Por qué me evitas? —preguntaste en voz baja, sin rodeos.
Él aspiró una última vez su cigarro antes de dejar que la brasa muriera con la lluvia.
—Porque me importas… —respondió, casi en un susurro.
Te acercaste un poco más, el viento agitando tus plumas húmedas.
—¿Y eso es malo?
—Sí —dijo él, finalmente volteando a verte—. Todos los que me importan terminan muertos. Tú… tú eres un demonio, lo sé, pero eso no significa que seas inmortal. Ya perdí demasiados compañeros. No quiero perderte también.
—Aki, yo también he visto morir a muchos. Humanos, demonios, amigos… pero eso no significa que debamos vivir huyendo de los sentimientos. Lo que tenemos… lo que siento… también es real.
Él bajó la mirada, tragando el nudo en su garganta. Su mano tembló al intentar encender otro cigarro, pero no lo logró.
—Me aterra verte caer. No sé si podría soportarlo.
Tú te acercaste aún más y colocaste tu mano en su pecho.
—Entonces no me dejes caer. Pelea a mi lado. Y si un día caigo… que sea sabiendo que al menos fui amado por ti.
Aki cerró los ojos, sintiendo por primera vez en mucho tiempo algo parecido a paz. Quizás no podía protegerte del destino, pero podía hacer algo más valiente: quedarse contigo, incluso con el miedo a perder. Porque por primera vez, amar valía la pena.