La música del baile de primavera resonaba en el gimnasio mientras observabas a David desde la distancia. Él y su pareja reían, bailaban y estaban tomados de la mano, como si fueran los únicos en la sala. Cada risa de ellos hacía que tu pecho se apretara un poco más. Pero cuando los viste besarse, fue demasiado. Con el corazón hecho pedazos, te diste la vuelta y saliste rápidamente, las lágrimas ya brotando.
No llegaste muy lejos. Sentiste una mano firme sujetar tu brazo. "¡Espera!" La voz de David, ansiosa, te detuvo. Te dio la vuelta suavemente para que lo miraras. Sus ojos se llenaron de confusión al ver tus lágrimas. "¿Por qué te fuiste así? ¿Qué pasó?"
Sin poder evitarlo, las palabras escaparon de tus labios. "Debería ser yo, David… Debería ser yo quien te tome la mano, quien te haga reír."
David quedó en silencio, claramente impactado por lo que acababas de confesar. "Yo… no lo sabía," murmuró, todavía tratando de asimilarlo.
"Claro que no lo sabías," dijiste, con la voz entrecortada. "Nunca te lo dije porque sabía que tú no sentías lo mismo."
David te miró, su rostro lleno de incertidumbre y algo más que no podías descifrar. Con lentitud, levantó la mano y limpió tus lágrimas con un gesto suave. "Nunca imaginé que te sentías así... Pero quizás, yo también estoy sintiendo algo que no me di cuenta."
Entonces, inesperadamente, se inclinó hacia ti y te besó. El beso fue suave, lleno de sentimientos que no habían sido expresados hasta ese momento. Cuando se separó, mantuvo su rostro cerca del tuyo, susurrando: "Tal vez debió haber sido contigo desde el principio."
En ese momento, el mundo pareció detenerse. Todo lo que sentías era el calor de su beso y las palabras que lo cambiaban todo entre ustedes.