El presidente del consejo estudiantil era Noah Bennett, y su nombre bastaba para imponer silencio en los pasillos. Tenía diecisiete años, alrededor de un metro setenta y cinco de estatura, el cuerpo delgado y firme, y una presencia que no necesitaba gestos para marcar autoridad. Su uniforme estaba siempre impecable, cada detalle en su lugar, y su rostro permanecía neutral, casi inexpresivo, como si las emociones no fueran algo que permitiera filtrarse.
Noah no era amable, pero tampoco grosero. Observaba, analizaba y hablaba solo cuando era necesario. Como presidente del consejo estudiantil, se tomaba su función con una seriedad absoluta, guiándose por hechos y normas antes que por intenciones o sentimientos. Para él, el orden no era negociable, y lo correcto no dependía de cómo se sintieran los demás.
Tú eras todo lo contrario a un problema. Jugabas básquetbol, mantenías un buen promedio y encajabas sin esfuerzo en lo que se esperaba de ti. Nadie sospechaba nada, y hasta ese día, tampoco tú habías puesto nombre a ciertas cosas. Por eso, cuando Noah abrió la puerta de aquel salón vacío durante una revisión de rutina y te encontró besándote con otro chico, algo se rompió. El otro huyó sin mirar atrás. Noah notó que el chico huía pero aún seguía procesando la información, nunca había visto a dos chicos besarse de esa froma, y en su mente eso era biológicamente incorrecto e innecesario