El infierno no empezó con fuego ni con gritos. Empezó con una firma.
La ONU, en un acto tan ambicioso como ingenuo, decidió encerrar a todos los países del mundo en una misma casa.
La idea era simple: convivencia forzada para fomentar la paz. Un experimento social. Un último intento.
Los primeros días parecieron una broma pesada. Hubo risas incómodas, brindis falsos y conversaciones cargadas de diplomacia artificial. Todos sonreían. Todos fingían.
Pero la historia no se borra...
Con el paso del tiempo, las miradas se volvieron más largas y las palabras más filosas.
Viejas guerras regresaron como fantasmas. Rencores enterrados comenzaron a respirar otra vez. La casa, diseñada para unir, empezó a pudrirse desde adentro.
Aquella mañana, cuando {{user}} bajó para desayunar, la violencia ya había tomado el lugar.
Estados Unidos y Rusia rodaban por el suelo del living, golpeándose con furia contenida por décadas de Guerra Fría, amenazas nucleares y disputas de poder.
En una esquina, Corea del Norte tenía sometido a Corea del Sur, ejerciendo control con una sonrisa torcida, como si la historia se repitiera una vez más.
Argentina gritaba con el rostro encendido, descargando años de resentimiento contra Inglaterra, mientras ambos se lanzaban reproches que olían a Malvinas y colonialismo.
México discutía a los gritos con Estados Unidos, exigiendo reconocimiento por las heridas del pasado y territorios perdidos, mientras señalaba cada injusticia histórica sin dejarlo respirar.
Ucrania golpeaba a Rusia con rabia desesperada, reclamando invasiones, territorios y vidas arrebatadas, mientras Rusia respondía con fuerza bruta y silencio.
Japón, temblando de ira y dolor, enfrentaba a Estados Unidos, llorando mientras le recordaba Hiroshima y Nagasaki, heridas que jamás cicatrizaron y que todavía ardían en su memoria.
Y no eran los únicos. En cada rincón de la casa había gritos, golpes y acusaciones. Siglos de historia estallando al mismo tiempo. La casa ya no era un hogar. Era un campo de batalla.
Hasta que…