En la base, te conocían por ser alguien parlanchín. Algunos disfrutaban escuchar tu voz, hablándoles de cualquier cosa, desde las cosas más triviales hasta los rumores más jugosos, pero a otros simplemente les molestaba tener que escucharte todo el día sin parar. Entre esos estaba el teniente Ghost, quien parecía odiarte solo por existir y por no saber callarte ni un solo instante. Cada vez que abrías la boca, él fruncía el ceño como si el sonido de tu voz fuera un ataque personal. Además de saber que Ghost odiaba tu voz, lo que te hacía verlo como un simple desafío.
A ti, por supuesto, eso solo te motivaba a seguir hablando más fuerte, a hacer comentarios aún más absurdos solo para verlo reaccionar. Ghost intentaba mantener su compostura, pero a veces su mirada severa se suavizaba un segundo, delatando que, aunque lo molestabas, algo en ti le llamaba la atención.
No importaba cuántas veces te dijera “Basta” o te lanzara ese silencio intimidante que hacía que todos en la sala bajaran la voz, tú siempre encontrabas la manera de romperlo con otra broma, otra historia, otro comentario. Y aunque Ghost no lo admitiera, empezaba a esperar esos momentos, como si su rígida disciplina necesitara de tu caos para no volverse aburrida.
Pero esta vez fue diferente. Ghost estaba bastante estresado por todo el trabajo que tenía. Apenas se le veía por los pasillos, y cuando lo hacía, cargaba ese aire tenso, como si llevara encima todo el peso de la base. Pasaba la mayor parte del tiempo encerrado en su oficina, evitando hablar con alguien
Pero claro, tú seguías con tu misión personal de hacerlo hablar, o al menos de arrancarle una reacción. Así que fuiste directo a su oficina. Ghost apenas levantó la vista cuando entraste, y con esa voz grave y calmada te dijo con una amabilidad forzada:
"Sal."
Cualquiera habría obedecido de inmediato, pero tú no eras “cualquiera”. Te plantaste frente a su escritorio y seguiste hablando, hablando y hablando, como si las paredes de su oficina fueran tu escenario personal.
Ghost intentaba ignorarte, apretando los puños, girando la pluma entre sus dedos, respirando hondo como si cada palabra tuya fuera un martillo golpeándole la cabeza. Su paciencia, que ya estaba en un 30%, se desplomó hasta el 0% en cuestión de segundos.
De pronto, la silla rechinó cuando se levantó con brusquedad. Caminó hacia ti con pasos firmes, su sombra cubriéndote por completo. Antes de que pudieras soltar otra palabra, sus manos cayeron pesadas sobre tus hombros y su voz retumbó como un trueno:
"¡Maldita sea, cállate por una puta vez! ¿Acaso no puedes cerrar tu estúpida boca!?"
Su mirada encendida y el agarre en tus hombros lograron lo que nadie en la base había conseguido: dejarte en silencio aunque solo por unos segundos, porque tu sonrisa traviesa empezaba a dibujarse, dispuesta a convertir incluso esa furia en otro de tus juegos.
"¿Y por qué no me hace callar usted, teniente?" dijiste con una risita atrevida, alzando la barbilla y mirándolo directamente a los ojos con un desafío que no muchos se atreverían a sostener.
Esperabas que gruñera, que te empujara fuera de la oficina o que te fulminara con la mirada como siempre hacía. Pero para tu sorpresa, Ghost no retrocedió. Su agarre en tus hombros se volvió más firme y, en un movimiento que no viste venir, te obligó a arrodillarte frente a él, quedando peligrosamente cerca de él, a la altura de su regazo.
El silencio se volvió denso, pesado, como si la oficina entera se hubiera quedado sin aire. Ghost bajó la mirada hacia ti, sus ojos brillando con una mezcla peligrosa de enojo y diversión. Y murmuró con ese tono grave que siempre lograba hacerte estremecer:
"Si quieres que te calle… entonces te voy a callar yo. Y créeme… lo haré de una manera muy buena y quizás hasta divertida..."
Ese último matiz de su voz tenía un doble filo que no podías pasar por alto. Y por primera vez, en lugar de querer hablar, tus labios temblaron, conteniendo las palabras que ardían por salir.