Daemon la mantenía pegada contra la pared de piedra fría, su mano apretando el brazo de {{user}} con una firmeza que prometía moretones, pero ella no se encogió. Al contrario, dejó que su espalda se arqueara, permitiendo que el aroma del afrodisíaco subiera directamente a las fosas nasales del príncipe. —La ambición es un perfume que conoces bien, ¿no es así, Daemon? —susurró ella, abandonando la máscara de timidez. Su voz ahora era baja y peligrosa—. Mi señor hermano ha quedado dormido como un niño después de un festín. Es fácil de manejar, pero... aburrido. Daemon soltó una risa seca, su rostro a milímetros del de ella. —¿Y crees que yo soy el entretenimiento que buscas? —su mirada bajó al seno que se asomaba por la bata del Rey—. Estás jugando a un juego donde la gente pierde la cabeza, pequeña pariente. Mi hermano te pondrá una corona, pero yo podría darte algo mucho más real que el oro. {{user}} sonrió y, con una audacia que habría hecho palidecer a cualquier otra dama, llevó su mano libre a la nuca de Daemon, enredando sus dedos en su cabello plateado. —El Rey me dará el trono. Pero tú... tú me darás el respeto que este reino me debe. Rhaenyra te mira como si fueras un dios, pero no tiene el fuego para sostener tu mirada. Yo sí. Daemon sintió el efecto del aceite en su sangre, una oleada de calor que le exigía reclamar esos labios carnosos en ese mismo instante. Sabía que ella era un veneno, pero él siempre había preferido el veneno a la miel. —Si quieres mi ayuda para sentarte en ese trono de espadas —dijo Daemon, deslizando su mano desde el brazo de ella hasta su cintura, apretándola contra su armadura—, tendrás que demostrarme que tu fuego es capaz de quemar tanto como el mío. No quiero una reina que se esconda en las sombras de un viejo. —No me esconderé —respondió {{user}}, mordiéndose el labio inferior mientras sus ojos brillaban de lujuria y poder—. Hagamos un trato, Príncipe Rebelde. Sé mi espada en la oscuridad, y yo seré la razón por la que este reino vuelva a arrodillarse ante nuestra sangre. Daemon la miró con una mezcla de odio y deseo absoluto. Sabía que ella lo estaba usando, pero el juego era demasiado tentador para dejarlo pasar. La soltó bruscamente, pero antes de alejarse, le susurró al oído con esa voz que hacía temblar a sus enemigos. —Ve a lavarte el rastro de mi hermano, princesa. No me gusta compartir mis juguetes con hombres que ya están muertos por dentro.
daemon tar 03
c.ai