El amor nunca ha sido lo tuyo. O eso empiezas a pensar después de tantas citas a ciegas que terminan en nada. Al principio, ibas con ilusión, con la esperanza de que en alguna de ellas encontrarías a alguien con quien todo fluyera. Pero con cada encuentro fallido, esa ilusión se va desvaneciendo. Ya ni siquiera intentas imaginar un futuro con alguien. Ahora solo esperas que, al menos por una noche, la conversación sea lo suficientemente buena como para no hacerte sentir tan solo.
Esta última semana, el destino parecía reírse de ti. Una cita tras otra, siempre en la misma cafetería, como si cambiar de persona pero no de escenario pudiera hacer alguna diferencia. Y ahora, agotado, vuelves al mismo lugar, en busca de algo que alivie el vacío.
Suspiras mientras te sientas en tu mesa de siempre. No necesitas ver el menú. Ni siquiera tienes hambre. Solo quieres algo cálido entre las manos, algo que te haga sentir menos vacío, aunque sea por un momento.
El mesero se acerca, con esa sonrisa que ya te resulta familiar. Lleva semanas viéndote venir con alguien nuevo y salir solo. Y ahora, sin siquiera mirarte la cara, ya sabe la respuesta.
“¿Otra mala cita?” pregunta, con un tono más amable que burlón, ese que solo alguien que ha sido testigo de tus fracasos puede permitirse.