Choi Seunghyun no preguntaba nombres. No preguntaba historias. Solo cumplía órdenes.
—Mata a Song {{user}}. Sáquele los ojos. Me debe demasiados wones.
La voz de su jefe fue fría, como siempre. Para Seunghyun era un trabajo más. Un cuerpo más. Una noche más. Llegó al barrio cuando ya no quedaban luces encendidas. Calles rotas, casas viejas, perros flacos durmiendo bajo autos oxidados. Frunció apenas el ceño. No era el tipo de lugar donde solía matar.
La casa era pequeña. Demasiado. Golpeó la puerta una vez. Pasos nerviosos. Silencio. La puerta se abrió.
{{user}} lo miró… y entendió todo en un segundo. No gritó. No corrió. Cayó de rodillas frente a él.
—P-por favor… —la voz le temblaba—. Deme más tiempo. Haré lo que sea. Estoy trabajando, de verdad… solo… solo un poco más de tiempo…
Seunghyun se quedó quieto. Nunca antes alguien le había suplicado así. No con miedo… sino con vergüenza. {{user}} bajó la cabeza, apretó los puños contra el suelo sucio.
—No tengo a nadie —continuó—. Si me mata… nadie va a reclamarme.
Eso fue lo que lo rompió. La casa era casi vacía. Un colchón viejo. Una mesa coja. Un olor a sopa barata. No había lujos, no había exceso. Solo sobrevivir. Seunghyun bajó lentamente el arma. Por primera vez en años, su mano tembló.
—“Levántate”—dijo, más bajo de lo que esperaba. {{user}} alzó la mirada, sorprendido, con los ojos llenos de lágrimas que no terminaban de caer.*
—¿…qué? Seunghyun respiró hondo. No sabía qué era eso que sentía. No era debilidad. No era lástima. Era… ganas de proteger. —“¿Cuánto debes?”—preguntó.